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domingo, 13 de enero de 2013

El asesino, el cura y el secreto de confesión

La mujer asesinada.Irene Hdez. Velasco (corresponsal) | Roma De la italiana Teresa Bottega las malas lenguas han dicho durante 22 años de todo: que era desalmada y egoísta, mala persona y peor madre, una pérfida que únicamente pensaba en su placer personal. Sólo una como ella podía ser capaz de haber abandonado en 1990 a su marido, a su hija de 13 años y a su hijo de 10 sin darles siquiera una explicación, sin despedirse, para no volver a verles nunca más. Una bruja esa Teresa Botegga. Las hermanas de Teresa denunciaron su desaparición. Pero la Policía dio pronto carpetazo al asunto: era evidente que se trataba deabandono del hogar conyugal, era un caso de manual. La señora se había cansado de su rutina y broncas domésticas, soñaba una vida distinta, tal vez había conocido a alguien... y se había largado. Ya en una ocasión anterior se había ido por un breve periodo. Sólo dos personas sabían que en realidad Teresa Botegga era una víctima y que si no había vuelto a poner el pie en su casa en la localidad de Santa Teresa di Spoltore, en Pescara, era porque no podía. Lo sabía Giulio Morrone, su marido, que en medio de una bronca la había estrangulado y arrojado su cadáver a un canal. Y lo sabía también el sacerdote al que le había desvelado su crimen, pero que a causa del secreto de confesión no podía acudir a la policía. El cura vivía atormentado por el peso de ese secreto, pero nunca habló.Sólo se permitió desfogarse brevemente hace diez años con un amigo. Le contó, muy a grandes rasgos, que uno de sus feligreses le había confiado haber matado a su esposa, nada más. El amigo acudió a la Policía, pero eran tan pocos los datos de los que disponía que no se llegó a nada. Pero, hace dos meses, ese mismo hombre volvió a presentarse en la comisaría, con más datos sobre ese oscuro crimen. Esta vez tenía algo más sustancia: el cura le había contado que uno de los hijos del asesino había muerto en un accidente en la montaña, y que el hombre estaba convencido de que su muerte había sido un castigo divino por haber matado a su mujer. La Policía de Pescara investigó y descubrió que el caso encajaba con el de Teresa Bottega, de quien no se tenían noticias desde hacía 22 años y cuyo hijo menor había fallecido en un suceso en la montaña. El caso se reabrió. Y después de dos meses de investigaciones, los agentes se presentaron ayer en casa de Giulio Morrone, el marido, para interrogarle por lo sucedido aquel día de marzo de 1990 en que su mujer desapareció. Al principio insistió en que no sabía nada, en que Teresa se había marchado voluntariamente sin dar explicaciones. Pero, con la ayuda precisamente de ese cura al que le había confesado el crimen, acabó reconociendo que la había estrangulado. Pero en esta historia aún hay otra víctima: la hija de Teresa. Tenía 13 años cuando desapareció su madre y hoy tiene 35, la misma edad que tenía su progenitora cuando fue asesinada. Lleva 22 años convencida de que su madre la abandonó. A su hermano lo perdió en un accidente en la montaña. Y ayer descubrió que su padre es un asesino.

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